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1.09.2009

filología

Al menos en castellano.

Al menos en castellano, se tiende a confundir los términos. Y con los términos, las gentes. Confundimos al moro -que es el magrebí, forma castellanizada de otra francesa que indica al mauritano, es decir, al oriundo del norte de África-, con el árabe -árabes sólo lo son los naturales de la península arábiga, ahora llamada Saudí gracias al dominio arbitrario dispuesto por la familia Al-Sahud desde el final del dominio británico-.

Y finalmente, confundimos a ambos, moros y árabes, con los musulmanes. El termino muslim no indica pertenencia étnica, sino religiosa y/o ideológica. El musulmán es el perteneciente a la comunidad de los creyentes. En éste sentido, cualquiera podemos ser musulmán en cualquier parte del mundo..., lo que quiere decir que no existe un mundo musulmán, geopolíticamente hablando (ni uno cristiano, budista, animista, hare, etc., por otra parte).

Aquí el problema es que lo confundimos todo, en un totum revolutum, con otro término: "islamista".

Éste sí es un problema, porque es un término exclusivamente ideológico, por más que sus defensores crean que es religioso: pretenden restaurar el dominio político de la umma -la comunidad de los creyentes-, es decir el islam.

Esa unidad política se rompió -por última vez hasta ahora- cuando Kemal Atartuk, tras la I Guerra Mundial (y una revolución, 1926), abolió el Califato. Ataturk hizo lo que no consiguió Garibaldi. El Califa era el jefe religioso de la Umma, como tal aglutinaba al mundo de los creyentes, el Islam. Éste, el Islam es una entidad ideal en la que se funden el mundo político-militar -el sultán- y el religioso -el califa-. Ello fué verdad hasta la primera excisión religioso-política en el mundo musulmán, con la división entre sunnitas y chiitas, seguidores de Muawiya o de Alí, seguidores de la ortodoxia o de la rebeldía (dejemos atrás a la tercera vía, aquellos que pensaban que por qué no elegirlo por mayoría...), apenas cien años después de la muerte del Profeta. Si váis a la Alhambra, descubriréis que los reinos nazaríes eran fatimíes -o sea, chiitas- (me refiero a la mano de Fátima, la mujer de Alí, la hija del Profeta, de ahí el califato fatimí,  inscrita en las puertas del recinto palaciego), pero de aquí salieron también Omar Kayam y sus versos sobre el vino y la sensualidad de las mujeres. 

En fin, al final son problemas filológicos, nos engañan con las palabras. Y luego dicen que es una carrera inútil. Hay que discernir. Tenemos que discernir.