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5.30.2009

1982

El otro día decía Lobo Antunes en Barcelona algo así como que escribir no es inventar, es recordar.  Estoy de acuerdo, aunque signifique que recordamos el futuro.

En 1982 cumplí veinte años. Creía que la edad del pavo -la mía- tocaba a su fin. Estudiaba segundo en la carrera -Filología, hispánica por más señas-.

Ese año vivimos peligrosamente, ganó el psoe por primera vez. Salimos a las calles, me bañaron en champán por primera y única vez.

Recuerdo al Naranjito y al odio que le profesábamos, símbolo de la España que se iba. Recuerdo la Feria de ese año. Cutre y nueva a la vez, descubriendo que era posible divertirse sin permiso. Recuerdo fiestas en la playa y amigas desmayadas. Recuerdo la vida y el calor.

Eran tardes interminables y risas compartidas, creo. También miradas, y dudas. Eran el calor de la carne y el calor de la risa. Era retardar la ida a la facultad un par de autobuses, a la espera de la chica del impermeable amarillo, o de los amigos con los que conversar. Era discutirlo todo y aprenderlo todo y rechazarlo todo.

Era la impaciencia, la impaciencia. 

Era 1982. Y me enamoré de la chica más rara de la clase.

La vida se construye. Es el relato.