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7.01.2009

al parecer, no hay manera

de librarse. todo el mundo tiene o ha tenido un poto. el mío no era de la especie trepadora sino de la arbustiva. bueno. un tanto "desarbolado": un tallo largo con unas cuantas hojas en lo alto. pero era mi poto. un día escuché un ruído: no soportaba su copa. era herencia. la planta madre se la regaló una tía abuela -concha, se llamaba, bordadora de tapices y capotes- a mi madre hace treinta años. cuando llegué al salón y lo ví en el suelo, la tierra en los sofás, tomé una determinación: había que salvarlo. lo trasplanté. cada uno de sus pedazos en un cacharro con agua. un mes después, cuatro plantas, pujantes y verdes.