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1.23.2010

desacuerdo perfecto


Acabo de ver una película francesa que, al principio, no me llamaba la atención, pero a falta de otra cosa y mientras leía correos acumulados y periódicos atrasados bien estaba como ruido de fondo.

Sin embargo, al final lo he dejado todo y me he quedado prendido de la historia y de los interpretes. Jean Rochefort y Charlotte Rampling, ejerciendo de lo que son ahora (ahora es en el 2006, la fecha de la cinta), de viejos.

Unos viejos que fueron, como ellos mismos dicen, para ellos el principio y ahora van a ser el final. Rochefort descubre que el hijo de la Rampling es suyo y descubre también porqué ella lo dejó: porque él no valía para perder su libertad para ser padre, y prefirió un matrimonio blanco con un hombre que supo ser padre pero al que ella no le interesaba para nada.

Mientras tanto, está la doble trama, esa que inventó Lope contraviniendo las reglas de la tragedia aristotélica. Están representando, o montando o intentando montar, un drama que no es una comedia sino que resulta ser una comedia que, a lo mejor es un drama.

Se miran. Y con la mirada se odian, se desean y se interrogan. Se trata de que nos muestren a seres humanos.

La interpretación de ambos y del resto del reparto es sencillamente sublime. Y, al final, el final es un final feliz, o no. Pero es alegre. Algo que únicamente el gran cine francés puede conseguir.

Se preguntan si después de veinte, de treinta años, hay algo que los una. Pues no. Se preguntan qué hacer con su hijo, y no resuelven. Se preguntan y se vilipendian, con extrema cortesía. Se preguntan... y al final se encuentran. Y vuelven a ser el uno para el otro, la una para el otro, el principio y el final de todo.

La vida es duda, y cobardía, y falta de certezas. La traducción del célebre aforismo debería ser "Dudo, luego existo", pero en la duda vas eligiendo, vas escogiendo, vas viviendo.